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viernes, 15 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (6º parte) de Adriana Gutiérrez







"De pronto comienzan a oírse rumores como apagados por la distancia, y yo creo que tal vez sea mi hijo que viene a buscarme, que su llegada cortará las horribles visiones y yo quedaré libre de esos invisibles lazos que me inmovilizan.
Pero a medida que el sonido aumenta descubro su procedencia, vienen de la pared y son gritos, los alaridos de terror de una mujer y dos niños, hablan pero yo no entiendo sus palabras, es todo tan confuso, y además parece otro idioma.
Trato de acercarme y tras un esfuerzo sobrehumano consigo separarme de la pared, ni siquiera intento pararme, solo me arrastro. Pero ¿para qué? ¿qué podré hacer, débil como estoy?, sin contar con que me encuentro "de este lado".
En la pared, la figura amenazante es casi del tamaño de la mujer y yo estoy a mitad de camino, los gritos ya son espeluznantes y hasta tienen música de fondo, una banda sonora con mucho suspenso -pienso con amargura- aumentado por los golpes sorpresivos con instrumentos de percusión, que hacen saltar a los espectadores; pero por ese miedo uno paga, uno se deleita con él
porque sabe que vuelve a su casa con la felicidad inflada donde está seguro, y se perdona el haber disfrutado del dolor ajeno porque no fue nada más que una mala película.
Pero ésto es real, el hombre, cuya silueta se ha hecho patente, ya es más alto que la mujer y la de los niños, desfiguradas por el terror, sus voces roncas y sus miradas horrorizadas, me dicen que está muy cerca, que el cuchillo que blande en su mano derecha pronto acabará con sus vidas, si yo no hago algo.
Y yo estoy aquí, a 2 metros de la pared, mirando, porque lo único que puedo hacer es mirar.
Pero ¿mirar qué? ¿qué es lo que veo en realidad? ¿quiénes son y por qué están ahí? ¿cómo se metieron en la pared? ¿qué lugar es ese?, mientras sigo avanzando trato de ubicar el sitio pero a su alrededor no hay nada que me pueda servir de punto de referencia: ni un árbol, ni una casa, tampoco una señal de ruta, ni siquiera se qué época es esa.
Ahí fue cuando se me prendió la lamparita pero después, repasando los hechos, porque en ese momento no lo noté, lo único que yo quería era llegar a la pared antes que el hombre del cuchillo alcanzara a la mujer y los niños, sin saber qué iba a hacer después.
Pero llegué, y cuando quise estirar mis manos hacia ellos como si solo se tratara de tomarlos y sacarlos, un violento empellón me estrelló contra el suelo acompañado de ruidos ensordecedores que me hacían zumbar los oídos, el techo se fue borrando y la araña con todas sus lamparitas encendidas giraba peligrosamente sobre mí, pero no pude aguantar y me desmayé".





jueves, 14 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (5º parte) de Adriana Gutiérrez





"Las luces del primer piso empezaron a apagarse, oía como
Héctor y sus chicos cerraban ventanas y bajaban por la
escalera, Héctor se ofreció a llevarme (¡hermosa camioneta!)
pero rechacé la oferta porque tenía para rato; me dijo que el gas de la cocina estaba conectado y que una de las hornallas andaba
al pelo, que había te, café, yerba y azucar, y que usara lo que quisiera, pero o no tenía ganas de nada.
Cuando se fueron todavía era de día, aunque la luz ya empezaba a declinar, continué trabajando porque de cualquier manera  tendría que emprolijar a la luz del sol.
Solo que ese pedazo central de pared parecía tener aún más exceso de pintura que el resto.
Debajo de todo, una gruesa capa de pintura negra, al aceite, apareció ante mis ojos.
Entonces no tuve más remedio que prender la luz, que estaba en el otro extremo.
Muy fastidiado camino hasta la perilla y la bajo, y si en ese momento hubiera tenido un presentimiento, algo parecido a un escalofrío corriéndome por la columna, eso que siempre salva a los protagonistas en las novelas, mi tranquila vida hubiera sido siendo tranquila, porque yo hubiera salido disparando sin mirar atrás. Pero miré!
De lo que vi en esa maldita pared negra aún hoy no puedo hablar sin estremecerme violentamente, eso que llaman horror se me pegó a la espalda y era frío y mojado, dejé de sentir las piernas pero en compensación mi garganta crecía y me ardía, las siluetas que parecían escapar de algo trataban de salir de la pared, corrían y corrían hacía mí con sus expresiones desesperadas, los ojos llenos de pánico, se caían y se levantaban y seguían corriendo para alejarse de eso que yo no alcanzaba a ver detrás, y que al acercarse, con ese tesón incansable que tiene el mal, aumentaba de tamaño acortando la distancia entre él y sus perseguidos.
Pronto fue de la altura de los niños que la mujer llevaba de la mano; y crecía, crecía.
Como en sueño, como en una pesadilla, me di cuenta que me había resbalado hasta el suelo, y si hubiera tenido el valor de salir de la casa, mi cuerpo laxo no me hubiera dejado.
La vista se me nublaba de a ratos y creo que me desmayaba y me recuperaba para seguir mirando, paralizado, esa película de espanto que la pared proyectaba".

miércoles, 13 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (4º parte) de Adriana Gutiérrez






"Porque ignoraba todo eso seguí adelante silbando bajito, a las
11 hrs. tenía lista la cuarta parte; subí a decirle a Héctor que
me iba, le pregunté que pintura usaría porque tenía que hacer
el presupuesto y salí.
Antes de las 12 me encontraba de vuelta en el hotel con Edgardo
que me dio el cheque sin parpadear y me fui a casa, puse en
movimiento a Martín para que busque a su amigo y a las 2 ya
estábamos los 3 en la quinta y les dije a los muchachos que
empezaran. Empezaron por la otra punta, como novatos que son tardaron bastante y yo estuve toda la tarde con Héctor, consultando las muestras de revestimientos, pieles y cortinas;
seleccionando texturas que armonizaran con los colores de cada cosa. Me fascinaba verlo trabajar y verlo elegir el tono exacto para suavisar determinada superficie, convertir el brocado de los
tapizados en algo más confortable por efecto de la luz difusa y provocar en uno el deseo de morar en cada rincón de esa casa, de vivirla. En los bocetos de Héctor, la quinta del ricacho se fue vistiendo, se veía hermosa, cálida, invitadora y alegre, hasta la habitación en la que se había instalado (con el teléfono en el suelo), estaba llena de detalles delicados, los lugares de los cuadros eran garabatos que marcaban su sitio; pude comprobar cómo un mueble pequeño pero con personalidad puede ocupar más espacio sin quitar luz, que uno grande.
Solo el muro alargado no figuraba en los bocetos de Héctor, pensé que sería porque ya estábamos trabajando en él y sería el primero en estar listo.
Héctor me dijo que a menos que le pidan otra cosa siempre empezaba por la habitación de entrada antes de dedicarse al resto de una casa, "porque así, cuando los dueños la vienen a ver se sorprenden agradablemente ¿entiende, Juan?,entonces recorren las otras con espíritu más complaciente".
Eso sí lo podía entender yo y decidí aprovecharlo para mí de ahora en adelante.
Me despedí de Héctor y bajé, allí me esperaba una especie de desilusión homicida con los muchachos: no solo no habían terminado sino que tenían una "cita" en la ciudad y contaban con el rastrojero.
Mi primer impulso fue enojarme, pero después recordé que yo había haraganeado en el piso superior, y aunque me siento plenamente justificado porque tengo una hija que estudia decoración, y vi en Héctor un buen contacto para ella, me contuve; haciendo gala de mis excelentes modales, dije: "está bien, yo lo termino y me voy en micro, pero si al rastrojero le pasa algo, a ustedes les pasa el doble".
Y ahí fue donde firmé el contrato para actuar, esa noche, en la función de terror y suspenso dentro del muro alargado.

martes, 12 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (3º parte) de Adriana Gutiérrez





"Empezamos a desenrollar las alfombras que eran seis, dos tenían
paisajes de profundidad, lagos y bosques en primer plano y
montañas a lo lejos; dos eran abstractos, más bien geométricos y de colores fuertes; los dos restantes eran casi lisos, uno mostraba
diminutas manchas alargadas, como estrías negras sobre un
fondo gris claro, el otro tenía motas color arena sobre un marrón
africano.
"¡Menos mal! -exclamó Héctor- estos cuatro permiten una excelente combinación de cortinas para dar a los ambientes la calidez que ellos quieren ¡ya va a ver como queda!"
Héctor estaba entusiasmado, hacía que sus hombres sostuvieran
los tapices subidos a dos escaleras, un tapiz después de otro, hasta que por fin se decidió por los abstractos que ocuparían, uno, el centro de una pared, y el otro, el extremo de un largo muro donde, la verdad, iba a quedar muy bien.
"Dejaré los paisajes de profundidad para habitaciones más
pequeñas -dijo Héctor- así las agrandaré. Me gustaría que empezara por ese muro, Juan ¿le importa? Entonces cuando quiera".
"Y así fue como me metí en el lío más peliagudo de mi vida, la pared que Héctor quería que decapara primero era el muro largo
y su aspecto era desastroso, no parecía que un profesional hubiera trabajado allí, los distintos colores, que eran cinco, habían sido puestos sin esperar que la mano anterior se secara, y mostraba claramente que por lo menos dos personas aficionadas habían manejado los pinceles, que tampoco eran los adecuados.
"Un trabajo de apuro -me dije- y qué color horrible!"
El azul de arriba estaba mezclado con el verde, que a su vez se mexcló con un naranja, quedando amarronado y sucio, muy deprimente.
De verdad, ese muro no tenía nada que ver con el resto de la
casa, y como dijo Héctor, "parece el pariente pobre de las otras paredes", empapeladas con motivos agradables o pintadas de colores claros.
Como yo tenía en mi rastrojero todo lo necesario me puse
a acarrear cosas, Héctor y su gente desaparecieron en el piso
de arriba con más tapices y yo me quedé solo, me subí a la escalera y empecé, a la tarde volvería con mi hijo Martín, que en vacaciones "trabaja", y un peón que seguramente sería su amigo Alejandro.
Pero ya que estaba decidí quedarme por el resto de la mañana
y trabajar un poco, sin sospechar lo cerca que estaba de la
muerte, sin imaginar que en pocas horas más se abriría un abismo bajo mis pies, y más aún, sin adivinar ni remotamente
que sería yo mismo quien levantaría el telón para dar
comienzo a una obra macabra que esperaba

su protagonista".

lunes, 11 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (2º PARTE) de Adriana Gutiérrez






"Así que yo me fui al ver al ricacho a un hotel que madre mía, y
con la tarjeta, que abre las puertas mejor que una ganzúa, llegué
hasta la "zuit" donde vive con su familia.
Me dijo que quería un trabajo perfecto, que tenía que sacar
hasta la última capa de pintura, que pasara enduido y lija
y que ahí él iría a ver. 
"Hay paredes empapeladas -dijo- a nosotros no nos gusta, pero
sí los tapices, las alfombras y las plantas, queremos que el interior
presente un aspecto de casa country, ya verá Ud. que hemos hecho levantar el parquet para colocar pinotea, sobre ella irán pieles sueltas; le digo ésto porque tendrá que trabajar codo a codo
con el decorador, él elegirá los colores de las pinturas y espero
que tengan el tono exacto ¿Necesita un adelanto? -tocó un
timbre- Edgardo, dele al Sr. un cheque y las llaves de la quinta.
¡Hasta pronto!"
El secretario me preguntó qué suma había acordado con el
Sr., yo le dije que ninguna y que además nunca había hecho
un trabajo tan grande y tenía que averiguar, "además -agregué-
hasta que no hable con el decorador no voy a poder comprar nada, y para decapar las paredes no necesito plata".
"Entonces hable con el decorador -me dijo- contrate su gente
y haga un presupuesto, luego yo le haré un cheque por la tercera
parte del mismo".
Me fui para la quinta, el decorador estaba ahí, en el piso del vestíbulo había montones de rollos de alfombras envueltos en
nylon; el decorador era un muchacho jóven llamado Héctor.
"¿Tapices? -pregunto señalando los rollos- acá se usan en el suelo". 
"Sí -dice- lo sé, pero abrigan más en las paredes, y si además el piso y el techo tienen madera, no se necesita calefacción ¿ha tocado las paredes desnudas en una noche de viento? ¿o el piso?
¡hagalo!, verá qué diferencia.
La arquitectura moderna es una porquería para el confort, la gente se compra una casa maravillosa con ventanas largas y angostas, que ventilan el techo en verano y dejan entrar hasta el último rayo de sol en invierno y, ¿qué hacen? le ponen persianas de guillotina bajas y anchas, entonces la geometría de las aberturas, al actuar
al revés que las otras, hace necesarios los ventiladores y estufas 
o la vida sería imposible".
"Yo... nunca se me hubiera ocurrido" -dije.
"Y claro -contestó- mi trabajo tiene mucho de reforma y el contacto
con los arquitectos me ha enseñado algo, pero lo que más me ayudó fue iniciarme en el equipo de uno que restauraba casa
antiguas ¡qué época!, nunca fui tan feliz como en esos años.
Bueno -siguió- no iba a mirar los tapices hasta mañana, pero ya que Ud. está acá... ¿sabe? la Sra. los compró en Europa, si hay
alfombras persas voy a tener problemas, no son aptas para colgar
y es muy difícil conseguir cortinados que combinen; en fin, veamos que hay aquí".

domingo, 10 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (1º parte) de Adriana Gutiérrez -






  - Del Cuaderno de Sueños de Gisela -
8 de Enero de l990

"Si alguna vez me hubieran dicho que algo así me podía
pasar, me hubiera reído de buena gana, yo ni siquiera creería
que le ha pasado a otro.. ¡menos a mí!
Si cuando me siento a pensar buscando en los hechos reales
cualquier cosa que me ayude a olvidar lo sobrenatural, me
veo obligado a aceptar esto último como única explicación lógica
de lo que ocurrió ¡que-fue-cierto!
Pero vamos a empezar por el principio:
me llamo Juan y trabajo en la construcción, soy un obrero, bah,
pero independiente, eh, no tengo patrón; me dedico a pintar, remendar reboques, y hacer alguna que otra changa más complicada cuando la ocasión se presenta; también he levantado
paredes siempre que no lleven un techo arriba: muros de separación o verjas, pero casas, nunca.
Y ahora estoy aquí, en esta casona del tiempo de ñaupa, grande como el edificio del banco y que está deshabitada desde antes de que yo naciera, pero que esconde una historia macabra, de esas
que son lindas para ver en el cine, pero que no tienen nada de
gracioso en la vida real, aunque eso de real... bueno.
El caso es que de ésto nunca se supo nada y por eso no hay
una leyenda, pero la verdad, la casa se presta: alta, cuadrada, con ese porche de las 4 columnas; el estilo es... antiguo, yo no sé
quién la hizo ni quienes la ocuparon, pero que había lugar
para todo, había.
Un día me llama el Ingeniero (el Ing. es mi antiguo patrón), y
me dijo: "mirá, Juán, un amigo mío se viene a radicar en la Argentina, en realidad vuelven a la Patria, y quiere que le pinten la casa íntegra por dentro y por fuera, me pidió que le recomendara a alguien y yo le hablé de vos.
Yo ya la conozco, no necesita ningún arreglo y él quiere
conservarla tal como está, los reboques están buenos pero
la pintura no, sobre todo en los lugares de más uso, como la
cocina ¡es horrible!, capas sobre capas.
Está dispuesto a pagarte muy bien, andá a verlo, tomá, aquí
está su tarjeta, vas a necesitar un par de peones.
¡Sacá bien la cuenta y no aflojés con el precio!"
"Ésto me lo gritó cuando yo ya me iba.
Buen tipo el Ingeniero, me quizo hacer un favor y casi
me manda a la tumba".

miércoles, 6 de julio de 2016

"LOS HIJOS DE LA LEYENDA" (23º parte) de Adriana Gutiérrez







"¿Y ahora qué, abuela? -preguntó Valeria- ¿nos vamos así nomás?"
"No, así nomás no, Valeria -dijo la abuela- debo hablar de
nuevo con Jorge, porque si lo que entendí es verdad, tal
vez cambiemos nuestro lugar de destino, y la abuela Silvia
terminó de hablar con un gran gesto misterioso.
Mientras tanto Jorge y Mario sacaban, con mucha ceremonia, un sobre de papel manila rompiendo el lacre; adentro había 3 sobres blancos, el primero dirigido a ellos, los abogados; otro para Cacho y Laura, los fieles caseros; y un tercero más grueso para su madre, Silvia, de parte de Carlos y Norma.
Los dos hombres se miran, Jorge se los da a su hijo quien los
pone en un portafolios y ámbos salen de la casa; en el auto, conducido por el más jóven, Jorge abre el dirigido a ellos y lee:
"Queridos amigos Jorge y Mario, porque sé que los dos vivirán ya que harán lo correcto, lo que nadie ha hecho antes:recurrirán
a la religión. Sospeché que tus escapadas con mi madre, Jorge, eran un desesperado intento de salvar a Willy, mi hijo, y seguro de que ella podría lograrlo no intervine por temor de arruinarlo todo. Norma y yo, entonces, decidimos también refugiarnos en
los símbolos religiosos, sin mucha esperanza de lograrlo para
nosotros mismos, pero con el deseo ferviente de abrir un
camino a nuestra descendencia, convencidos de que algo mucho
más poderoso que una simple casa "pensante" nos mataría.
La casa, como todos nuestros antepasados, era poseída, y si
era "conciente" de lo que pasaba (cosa que no creo), no podía hacer nada, ni bueno ni malo. 
Norma y yo esperamos darles las gracias en persona en el 
futuro; lamentablemente no podremos, una vez a salvo, regresar
ni llamar para no interferir con lo que hagan ustedes y mi madre.
Una vez leídas las 3 cartas, todo estará claro.
Gracias, amigos, un gran abrazo y Dios lo 
quiera, hasta pronto. Carlos".
"¿Querés que la lea de nuevo?" -pregunta Jorge con voz ronca.
"No -dice Mario carraspeando- además, ya llegamos".
En efecto, ahí estaba el departamento de los caseros que ya advertidos, los esperaban.
"¡Deme, deme!" -decía Laura, altiempo que entraban y se sentaban. Cacho, con los ojos muy abiertos y una mano sobre
la boca, casi sin respirar, escuchaba y miraba alternativamente
a Jorge y Mario; Laura leyó:"hola, queridos y fieles Cacho
y Laura, a quienes tanta devoción debemos, sin pedir nada ni quejarse nunca. Gracias por sus oraciones y por esas velas nocturnas junto a nuestras fotos (Laura llora), Mario sigue leyendo: no tienen idea de cuánto ayudaron con esos pequeños rituales, mantenidos por 30 largos años, el perfume de las rosas
siempre frescas unidos al humo de las velas consagradas y a sus rezos fervorosos, ha mantenido nuestras almas a salvo.
Gracias y hasta pronto. Carlos y Norma"
"A ella se le ocurrió -dice Cacho- como no había cuerpos, pensó
que un poco de "magia" religiosa no vendría mal".
"Ni un día dejé de hacerlo -dice Laura- no sé dónde leí que
a los espíritus les gusta y cumplen los deseos si lo que se pide es justo".
Mario dice lo que su padre está pensando:
"Ustedes son increíbles..."