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domingo, 31 de julio de 2016

"EL DIBUJO" (1º parte) de Adriana Gutiérrez





Adolfo entró a la casa con el mismo pasito de 
siempre; confundido se detiene, mira a su alrededor y se
vuelve para cerrar la puerta.
Avanza dos metros y se da cuenta de que está a oscuras, retrocede nuevamente, tantea la llave de la luz y la enciente; con una
sonrisa de satisfacción se pone las manos en el pecho y se
dirige a su escritorio, se sienta, toma la lapicera y 
comienza a escribir, nota que no ve bien y ¡ah! ¡los anteojos!
Se los pone, ¡ahora sí!

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"...Entonces Miguel sube al auto decidido a esperar hasta cualquier hora, Clara tendrá que salir en algún momento.
Pero Clara, que lo está mirando desde adentro, está igualmente
decidida a morirse de hambre si es necesario con tal de no verlo.
Dos horas después ha anochecido, Miguel ya no sabe con qué
entretenerse, furioso, arranca de golpe para hacer ver que
se va y a la vuelta de la esquina se baja, escondido detrás de un coche, espera.
Clara sale corriendo y se mete en la casa de enfrente donde
la esperan con la puerta abierta.
Miguel queda tan sorprendido que solo atina a gritar:
¡Clara, esperá!
Un minuto después, el auto de la amiga de Clara sale a escape
llevándola en su interior, desesperado se sambuye en su coche
y alcanza a ver, en un retroceso veloz, que ellas doblan a la
izquierda tres cuadras más adelante.
"Se va a la casa de la mamita" -piensa enojado.
Llegan al mismo tiempo, Clara corre hacia adentro y Miguel 
detrás, llamando: "¡pero esperá te digo, que quiero 
hablar, no te vayas, Clara, Clara!"
Pero ella se va y sale el padre cerrándole el paso, "lo siento, Miguel, no sé qué le pasa pero no te puedo dejar entrar; hace un rato habló con la madre, estaba muy nerviosa, ¡vos tenés que saber por qué está así!"
"¡Claro que lo sé, por supuesto que lo sé, pero tenemos que
hablar, no puede dejarme así!"
"Mirá...yo no sé de qué manera puede dejarte -dice el padre, mirándolo suspicás- ni tampoco se que te esté "dejando",
ahora, ¿por qué ella haría tal cosa, eh?"
"Bueno -dice Miguel- recibió un anónimo".
!¡Ahhh.....!" -dice el padre.
"No, no, "ah" nada -dice Miguel- el anónimo no es la basura de siempre (y, sacando un papel del bolsillo, se lo da), mire, lea
usted mismo".

sábado, 30 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (20º parte) de Adriana Gutiérrez







En contra de lo que Héctor quería, el vestíbulo fue la última
habitación que decoró, desde el fondo de los garajes 
salió, para ocupar su lugar en la casa, por tanto tiempo
perdido, la macisa puerta de incienso lustrado, con sus pequeños
vitraux ovales, que cambiaban el lugar dándole vida y luz.
La esposa del ricacho hizo traer muchas plantas y el parque
fue restaurado; cuando llegamos para la boda de 
Edgardo, tres meses después, el vestíbulo estaba exuberante de helechos y caña malaca, con los que se creaba un ambiente claro y alegre, totalmente opuesto al que había tenido, oscuro y triste.
Un año más tarde leímos la noticia en los diarios: el ricacho y 
su esposa viajaban a un país de Asia para acompañar el cuerpo
del padre de la señora, muerto en su residencia durante la
noche; también serían repatriados los restos de su primera
esposa y sus hijos gemelos, que fallecieran en un accidente
de avión hace 60 años, a quienes acompañaba un anciano
mayordomo; y una semana después otra noticia ilustrada con
fotos de los cuatro ataúdes transportados por cuatro carrozas
de lujo.
Pero el último coche, el que llevaba ese cajón negro y brillante
no guardaba los restos del asesino, era el que nosotros sacamos
de su nicho improvisado, y descansaría en la cripta familiar
junto a quienes él murió por salvar.
Yo seré un pintor ignorante por falta de escuela, pero estoy
seguro que si existe alguien con un exacto sentido de la
justicia, es el ricacho.
Esos pobres muertos han tenido que viajar por todo el mundo
para beneficio de los vivos, y ahora descansan en el lugar que les 
pertenece, cerca de la familia verdadera, que elevará por ellos
plegarias sentidas y pondrá en sus tumbas flores
de su propio jardín. Y así es la vida ¿no?



- F I N -




viernes, 29 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (19º parte) de Adriana Gutiérrez







Al terminar de quitar los 4 ataúdes nos tomamos un descanso
y un café en la cocina.
Yo miraba al ricacho, todo blanco de sucio, con las manos
temblorosas apretando la taza y sentado sobre un cajón, en esa
casa abandonada, pero tan abatido que no parecía el mismo
del elegante despacho, con todas esas teclas y botones que 
él manejaba como un maestro de orquesta; no pude aguantar
más y le dije: "mire ¿por qué no se va a su casa?, creo que
podemos seguir solos".
"Sí -dijo Héctor- además, íbamos a ser 4 con mi padre, y al
venir usted somos cinco".
"¡Por supuesto! -dijo el padre de Héctor- yo también creo que
ya soportó suficiente".
"Se los agradezco mucho -dijo él- sí, muchas gracias, pero me
quedaré, ellos tienen el derecho de que alguien de la familia
les conceda el honor de su presencia, y yo quiero rendirles
ese homenaje; se lo prometí al tío de mi esposa para evitar que
viniera; es mi deber".
Pobre familia -pensaba yo mientra íbamos al vestíbulo otra
vez, qué manera de acosarlos la tragedia.
El ricacho no dejó que nadie más llevara los ataúdes, ayudado
por su futuro yerno sudaba y jadeaba por la angosta escalera hasta el sótano, pero en un descanso entre los niños y la madre
permitió que lleváramos el del mayordomo.
"Es que eran hermanos de mi mujer ¿comprenden?, y ella fue una
buena persona y el tío Arthur la quería".
Claro que comprendíamos.
"Bueno -dijo Edgardo- creo que ya podemos abrir para que
entre el sol ¿verdad?"
"Todavía no -dijo el ricacho- hay más... ¡no!, no son
cadáveres, son sus maletas, no se olviden de que ellos se
fueron "de viaje", allí ¿ven?, en ese sector de medio metro se
colocaron todas sus cosas".
Allí estaban las valijas lujosas de la mujer y los niños, de esas que se llevan en vehículos privados, y las modestas del mayordomo
que fueron a parar, también al sótano.
Entonces sí abrimos todo u picamos el resto, es decir, las planchas que formaban los nichos, pero dejando la pared del fondo para 
que la casa no quedara desprotegida.
"Solo falta un detalle -dijo el ricacho- llevar los escombros de
aquí, mañana los muchachos verán que son demasiado pocos
para una pared tan gruesa".
Durante las 4 semanas que trabajamos en la casa nunca vimos al ricacho de nuevo, pero nos dimos cuenta de que alguien iba 
al sótano los domingos; o eso nos contaba el perfume de las flores.


jueves, 28 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (18º PARTE) de Adriana Gutiérrez







La pequeña y triste procesión que éramos atravesó el arco
de la entrada y continuó por el camino hacia la casa a
velocidad de entierro, como el vehículo del ricacho iba adelante
tuvimos que aminorar la marcha; Edgardo (después nos enteramos que pronto sería su yerno), se adelantó a abrir y entramos.
El vestíbulo nos recibió sombrío y tétrico, como nuestros pensamientos.
A nuestras espaldas la puerta fue cerrada con llave y solo
se abrieron las vanderolas de las ventanas que Edgardo revisó concienzudamente.
El ricacho fue hasta el muro y lo tocó con sus dos
entonces dijo: "enciende la luz ahora, Edgardo".
¡Así que él sabía como funciona el maldito muro! -pensé- y en voz alta, dije: "supongo que ya no aparecerán".
"Así es -dijo él- pero se equivocan si creen que los había visto, anoche llamé al tío de mi esposa y él me dijo cómo actuar.
Bien, empecemos por arriba, que es donde están los chicos".
El primer sector que picamos (el ricacho también y juro que
laburó), tenía 2,50 mts. de ancho por 60 ctm. de fondo y alto, y era un verdadero nicho que alguna vez tuvo flores y coronas; quitamos los pequeños ataúdes.
Los dos niños de 9 años reposaban con las cabezas juntas, en
sus cajones blancos sobre una plancha de cemento.
Después seguimos con el nicho del medio, donde estaba la
madre, pero el ricacho dijo que picáramos 2 mts. a partir de
la derecha; hicimos como él dijo y quedó a la vista un bellísimo
ataúd de madera lustrada, igual a los de los antiguos chinos, digno de una emperatriz.
"Ella prefería ese estilo para sus muebles -explicó el ricacho- no sé qué significa el dibujo, pero el tío de mi esposa estaba enamorado de ella y eso fue su idea".
Otro drama secundario -pensé- pero no menos triste.

miércoles, 27 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (17º parte) de Adriana Gutiérrez






"Sí -continuó el ricacho- estuvo a un tris de hacerlo de 
nuevo, pero el hermano, que lo vigilaba de cerca, vio los síntomas y evitó los asesinatos de la niña y su madre, que debieron ser
tratadas por psicólogos durante largos meses, y eso que ignoran
los crímenes antiguos.
Esa niña es mi esposa y su madre aún vive; el cuñado de mi
suegra me lo reveló todo cuando volvimos de la luna de miel.
Mi suegro permanece recluido desde entonces, tiene 92 años y está completamente desquiciado. Desde aquella noche reproduce su horrendo crimen sin cesar, en esa clínica blanca de Suiza, colgada de la ladera del monte.
En fin -la voz se le puso ronca- mañana sacaremos los
ataúdes, los dejaremos en el sótano y después construiremos un panteón. Edgardo..."
El secretario, a medias recuperado, preguntó: "¿con cuánta gente 
leal cuentan ustedes?"
"Yo no voy a involucrar en ésto a mi hijo -dije- solo tiene 18 años"
"Yo tampoco puedo meter en algo así a mis empleados -dijo
Héctor- pero cuento con mi padre".
"Bien -dijo Edgardo- somos cuatro, ustedes lleven las herramientas que yo conseguiré una de esas plataformas con
ruedas que usan en los talleres; para trasladar los ataúdes -agregó al ver nuestras expresiones. Mañana al amanecer".

martes, 26 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (16º parte) de Adriana Gutiérrez





El ricacho había perdido toda su arrogancia, la seguridad de sus ademanes se fue a otra parte y nosotros sentimos pena por él:
llamó a Edgardo para que nos trajera bebidas y le pidió que se quedara, le dijo que se sirviera él también un trago y le mostró la película, advirtiéndole primero.
Recién entonces habló: "ocurrió hace 60 años, él era un hombre
prominente, culto, con una excelente mente para los negocios.
Se casó muy enamorado y su esposa le dio gemelos un año después; ella jamás lo traicionó pero él lo creyó así, lo convencieron de eso sus enemigos políticos, le tendieron una
muy bien elaborada trampa y él cayó ciego de celos ¿conocen
la historia de Otelo?, bien, ésta es peor ya que mató a sus
propios hijos creyendo que no lo eran...; claro que ya había en
él una patología latente que afloró de manera incontrolable
al ver las "pruebas" de la falta que su esposa jamás cometió".
"¿Qué pasó con las mucamas?" -preguntó Héctor.
"Tranquilícese -dijo el ricacho-no hubo más muertes, se les pagó una fuerte indemnización y se los... amenazó un poco, la familia era muy poderosa; el hombre que aparece con un arma era
hermano del asesino, arregló todo con su gente de confianza
para esconder los cuerpos en el muro, pero no están como
ustedes creen, descansan en ataúdes y vino un sacerdote a rezar
un requiem".
"¿Así que son ataúdes lo que hay ahí? ¿y usted pensaba vivir
con ellos en la casa?" -pregunta Edgardo.
"Así es, Edgardo ¿acaso la gente no tiene los restos incinerados de sus muertos sobre la chimenea? Bien, no tendría que contarles
el resto de la historia, pero lo haré: este hombre fue internado
en un centro psiquiátrico pero más que nada se hizo para sacarlo de circulación por un tiempo.
La versión oficial fue que toda la familia se fue al extranjero y allá murieron su esposa e hijos en un accidente, un avión que
se perdió en una selva cualquiera; a nadie le extrañó que él
se tomara una cura de descanso en ese hotel hospital, abrumado
por el dolor de semejante pérdida, y cuando salió de allí no regresó jamás a la vida política.
Sus enemigos, los que provocaron la tragedia, enviaron sus
telegramas, se ofrecieron para "cualquier cosa" y con el
tiempo todo fue olvidado.
El hombre, aparentemente normal, se volvió a enamorar y se volvió a casar, su nueva esposa le dio una niña y la vida
transcurría felíz para los tres...," hace una pausa y nos
mira, Edgardo, Héctor y yo teníamos los pelos de punta
y algo helado nos bajaba por la columna.

lunes, 25 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (15º parte) de Adriana Gutiérrez





Ubicamos la filmadora en el suelo y bien sostenida dentro de la
habitación que era uno de los salones; nosotros nos sentamos
en dos butacas, yo al lado de la luz y Héctor junto a la filmadora, pero ninguno de los dos estaba en el vestíbulo sino dentro del salón. Antes de encender la luz miramos al piso y después, lentamente, levantamos nuestras cabezas; esta vez, dejamos qu
el drama se desarrollara hasta el final.
Como estábamos fuera de su influencia hasta podíamos hablarnos y comentar lo que veíamos, Héctor creía que hacia el fin veríamos
la puerta vidriera tal como existió, y acertó.
Cuando la mujer y los niños tenían al hombre encima de ellos, una luz que se prende desde adentro, tal vez esa misma araña
que nos alumbra ahora a nosotros, les da de lleno en los
rostros y una sombra que se interpone de espaldas, abre la puerta.
Pero el hombre del cuchillo ya está sobre la mujer y la apuñala
mientras el otro, vestido de mayordomo, trata de sacar de
allí a los niños, que golpean al hombre que está matando
a su madre, gritándole: "¡no, papá! ¡papá, no! ¡déjala, papá
por favor!"
Pero el padre se vuelve furioso contra ellos gritando:
"¡Bastardos, bastardos!"
Tiene los ojos rojos en sangre, el mayordomo, que se había ido, vuelve con un atizador interponiéndose entre los niños y el
padre, luchan, y parece, en un momento, que el viejo mayordomo
le va a dar un buen golpe en la cabeza, pero el otro hombre lo
para con un brazo y, enfurecido por los gritos de sus hijos, que tratan de levantar a la madre, acaba salvájemente con el pobre
viejo, entonces los niños comienzan a golpearlo justo cuando llega más gente, dos mucamas en camisón y un hombre en bata;
pero demasiado tarde, ya los niños están muertos.
El hombre que acaba de llegar golpea en la cabeza con el caño de la pistola que empuña y luego, ayudado por las mucamas horrorizadas, los entran a todos.
Héctor y yo seguimos mirando por un largo minuto esa puerta
vidriera con sus cortinas ensangrentadas y rotas, moviéndose con la brisa, y después, poco a poco, el muro comenzó a asomar tal como está ahora, y cuando la luz de la araña se apagó en la
visión, todo desapareció.