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viernes, 22 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (12º parte) de Adriana Gutiérrez






"Decidí arriesgarme y confiar en él, Héctor -dije- ¿qué piensa
usted de los hechos sobrenaturales?"
Me miró muy serio, y después de lo que me pareció una
eternidad, contestó: "bueno, sé, como todos, que existen leyes
naturales a las cuales nosotros estamos atados; yo supongo, "creo" que para eso que nosotros llamamos "sobrenatural"
también hay leyes, no puedo ser tan ignorante de negarlo, cuando
la propia ciencia tiene dudas; pero ¿a qué se refiere usted en realidad?"
"Ayer cuando fuimos afuera y vimos el saledizo..." -empecé.
"...¡Ah! -me interrumpió- usted se quedó blanco ¿es que vio 
algo ahí?"
Respiré hondo y dije "sí, pero del lado de adentro. Mire, no se
lo puedo decir en 2 palabras, Héctor; pasó anoche cuando quedé
solo; fue horrible!"
"Juan -dijo- vamos a hacer lo siguiente, volvamos aquí a eso de las 7hrs, y me lo cuenta; ahora tenemos que bajar".
A la tardecita Héctor me pasó a buscar con la camioneta, por el camino le conté todo, él me escuchaba en silencio y así me 
preguntó al terminar: "¿no deberíamos buscar ayuda profesional?"
Primero pensé que me creía loco y la ayuda a que se refería era un psiquiatra para mí; pero usó la palabra "deberíamos".
"Usted dice -pregunto yo- ¿consultar a un parasicólogo?"
"Bueno, algo así, Juan; yo quiero ver eso que usted vio, si no

se fue con la pintura lo veré, y entonces seremos dos testigos".
"Y si no se ve -dije yo- siempre podemos volver a pintarla de negro".
"Está bien, Juan, hagamos así: si no aparece nada por la falta de pintura cubriremos una zona pequeña y luego traeremos a alguien más".
"¡De acuerdo!" -contesté.


jueves, 21 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (11º parte) de Adriana Gutiérrez





"Entré a la casa, los tristes pensamientos debían estar en mi
cara porque Héctor se rió al verme, diciendo: "vamos, Juan, no
sea tan exigente con los muchachos, ya aprenderán".
Comprendí su error y lo dejé en él ¿cómo puede saber, sospechar
siquiera?
Es cierto -dije-tratando de animar mi semblante ¿sabe, Héctor?
tengo 41 años y mi esposa 39, a la edad de Martín los dos
trabajábamos y juntábamos plata para casarnos, y a la edad de
Agustina, que tiene 21, estábamos casados y la esperábamos
a ella, comprábamos muebles viejos y desvencijados que yo
restauraba quitandole horas al sueño, y ella, con su gran
panza, los lijaba y los pintaba; todavía los tenemos. Nada
nos hará deshacernos de esos "trastos".
"Lo comprendo, Juan, me gustaría conocer a su esposa ¿qué
le parece si organizamos un asado? cada uno trae su familia
y su tirita ¿qué dice?
"¡Cómo nó! -dije- ¿usted tiene hijos?"
"¡Oh no! -contestó- yo soy soltero, pero traeré a mis padres;
bueno ¿el domingo, entonces?"
Y quedó acordado, el domingo que planeábamos era hermoso
y así fue, todas las mesas plegables que llevamos eran
distintas y las butacas también; los manteles y los platos, los cubiertos y los vasos, todos de diferentes formas y colores, pero cuando nos sentamos alrededor de la mesa larga que
quedó, dejamos de notar los detalles, y pasamos un mediodía en que lo importante era conocernos, todos sentíamos que
seguiría en contacto siempre.
Los padres de Héctor eran un matrimonio muy agradable, él pronto se jubilaría como gerente de banco y ella era docente
y estaba decidida a tomar alumnos particulares: "cuando me jubilen, porque si fuera por mí, jamás dejaría de enseñar".
Los dos ayudantes de Héctor eran muy jóvenes y también
solteros, fueron solos y sin perder el tiempo hicieron planes con
Martín y Alejandro para salir en "mí" rastrojero.
Después de comer recorrimos la casa, las mujeres nunca habían visto una tan grande y sus exclamaciones no estaban del todo
erradas: "mire que tener un lugar para leer, otro para fumar, otro para tomar café ¿y si uno quiere hacer todo eso junto?"
Nos reímos mucho imaginándonos al ricacho, corriendo de un salón a otro para hacer las tres cosas simultáneamente "¡con lo circunspecto que es!"
En eso veo que Héctor me hace señas y luego sube, yo espero
un momento en que nadie me mira y rápido voy a su oficina.
"Juan -me dijo- le hablé al dueño de ese muro y de los
planos, de que sería interesante re-abrir esa puerta ya que estaba
el saledizo, etc., etc.; se puso pálido, se puso furioso, con la voz ronca y ahogada me dijo que no tocáramos el muro, que estaba "perfecto", que ya haría sacar el saledizo, y después, cuando
ya me iba me dijo algo que me sonó muy mal, Juan, muy mal!"
"Bien ¿Qué le dijo?"
"Que no debía creer en todo lo que oía..."

martes, 19 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (10º parte) de Adriana Gutiérrez





"No quería llevar a Martín y Alejandro hasta que no hubiera decapar el resto de la pintura negra.
Cuando llegué estaba saliendo el sol, abrí de par en par la puerta  y sin mirar el muro hice lo mismo con las ventanas, no sé por qué se me ocurrió, o sentí que de esa manera estaba a salvo  y me subí
a la escalera decidido a terminar en 2 horas.
Empapé bien el pincel con el removedor, dando pequeños
golpecitos para hacerlo penetrar y evitar que chorreara, luego
tomé la espátula grande como si fuera un arma y veía con
maligna satisfacción cómo caían los trozos de pintura negra, imaginando que cada uno era un pedazo del cuerpo del
hombre: primero un ojo, después la nariz, ahora una oreja.
Entonces me di cuenta de que estaba limpiando el lugar
de la pared donde él aparecía, y me arrepentí convencido
de que debía sacar primero a la mujer y a los niños, así
podría verlo bien... pero ¿qué estoy diciendo? ¿es que acaso
pensaba verlo de nuevo?
"No creo que sea posible -me dije- sin la pintura negra no podrá aparecer"
Lo que se veía debajo era un blanco sucio que era la última
capa (o primera mano), común de todas las paredes, y ésta
negra era tan gruesa que costaba mucho trabajo y esfuerzo quitarla, como si tuviera vida propia y una fuerza sobrenatural para adherirse a la pared.
"Lo mejor va a ser -pensé- sacar el reboque aquí, pero ¿cómo
le digo eso a Héctor, o a Edgardo o al ricacho?"
El reboque está bien y no puedo contarles nada.
Terminé bastante rápido y decidí hacer algo que me repugnaba;
eché un vistazo al camino y no había ni señas de Héctor, subí
rápidamente la escalera y entré en su oficina, busqué entre sus papeles un plano de la casa pero no había ninguno, pensé
que era lógico ya que no se harían reformas y en ese caso sería un arquitecto y no un decorador el que estaría en posesión de
los planos, pero la palabra que la mujer repetía tanto me
martillaba en la cabeza, entonces me acordé de las columnas
y bajé para ir a verlas; menos mal que lo hice porque la
camioneta de Héctor venía por el camino particular.
Lo esperé afuera y entramos juntos.
"¡Buen día, Juan! ¿Se trajo la cama o duerme poco?"
"Buen día, Héctor, no, ninguna de las dos cosas, solo quería
terminar ese muro y lo quería hacer yo, estaba muy
pegoteado; mire, todavía no salió del todo".
"Bueno, tenemos mucho tiempo, Juan ¿ya desayunó?"
"Sí, gracias, eh... dígame, Héctor ¿sería posible que yo les
diera una ojeadita a los planos de la casa? sabe, es que me
parece que ese muro alargado no estaba ahí antes".
Héctor me miró un rato y salió para dar la vuelta, yo lo
seguí; observando para arriba me dijo: "tiene razón, mire ese
saledizo, Juan, ahí había una puerta grande, ¡y era una hermosa
vista! ¿por qué la habrán tapiado? Creo que yo también quiero
ver esos planos, tal vez al dueño le interese reabrir esa puerta
y eso hay que hacerlo antes de... pero ¿qué le pasa, Juan?
¡Está pálido!"
"No es nada -dije- estuve respirando mucho ácido, voy a sentarme unos minutos en el rastrojero". Desde allí podía ver perfectamente
el saledizo que había servido de protección a la puerta y que
ahora resultaba incongruente porque rompía la simetría, cualquiera podía pensar que la pared se había engrosado esos
20 centímetros que sobresalía del resto para disimular la parte
del techo sobrante, pero yo sabía perfectamente que el motivo era otro, yo sabía que las causas eran tres y estaban en el interior
del muro, que no era otra cosa que una tumba colectiva".

lunes, 18 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (9º parte) de Adriana Gutiérrez





"Empecé con la "D", porque la mujer terminaba siempre con la palabra "dor", encontré una pero tenía 2 oes: door, que significa puerta. ¡Ah! ¿serán las puertas blancas en que yo pintaba las cruces negras? ¿cómo puede ser ésto? Me dediqué a la segunda palabra: "open", pero vaya a saber como se escribe. La encontré igual y significa abrir.
Pero no me dejé engañar, también podría haber otra palabra que se pronunciara igual y se escribiera distinto y significara otra cosa, como me dijo una vez Agustina, mi hija: "en el inglés, una palabra puede servir para nombrar hasta 5 cosos distintas, papá". Así que yo tenía 2 palabras: puerta y abrir.
La tercera era "de". encontré una que se pronunciaba ded y significa muerto, pero a mi no me pareció que la mujer dijera
"de" con "d" final, aunque pensándolo bien, la palabra muerto pegaba con las visiones.
Se me ocurrió que la frase podría ser traducida así: "abrir la puerta al muerto", o "el muerto abrió la puerta". ¿Será que un muerto salió de su tumba? ¿o tal vez, en una forma figurada, me decían que abriera la puerta para que él volviera a la tumba?
Repasé todos los significados de la palabra "ded", mi hija tenía razón, también quiere decir insensible, tranquilo, profundo, sombrío, apagado, pesado, vacío, inútil, marchito, frío, gastado y
mortalmente-
Más abajo está la palabra pronunciada "dez", que significa muerte, defunción, fallecimiento, estrago y mortandad.
Dejé de leer y tomé unos mates, recostado, pensando que en esa frase falta algo, entonces recordé otra palabra que la mujer repetía más que las otras: "plis", pero la única que encontré era de arquitectura y se pronunciaba plinz, quiere decir plinto, que deriva del latín y del griego, significa ladrillo y es el cuadrado sobre que se asienta la base de la columna, una base cuadrada de poca altura.

Bueno, en esa casa las únicas columnas son las del pórtico y 
por supuesto están cerca de la puerta de entrada.
Me seguía molestando algo y no sabía qué, y me daba vergüenza preguntarle a Agustina, guardé el diccionario, doblé el papel
con las anotaciones, lavé el mate y subí al rastrojero".

domingo, 17 de julio de 2016

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (8º parte) de Adriana Gutiérrez






"El sueño era así: yo iba a la casa y entraba, en una mano llevaba un enorme tarro de pintura negra y en la otra una brocha.
Me dirigía resueltamente a la escalera y, muy seguro de mí, sin ninguna señal de nerviosismo, abría todas las puertas del 1º piso; después, con la pintura negra marcaba una cruz en el lado interior de cada puerta y la cerraba, cuando ya no quedaba ninguna, bajaba y me sentaba frente al muro alargado con el tarro de pintura junto a mi y la brocha al alcance de mi mano.
El sueño se presentó varias veces durante la noche y siempre fue igual, pero cuando se acercaba la hora en que aparecieron las sombras en la pared, cuando comenzaba a oscurecer y tendría que levantarme a encender la luz, me despertaba.
Yo me sonreía de mi propia inocencia ¿qué pensaría hacer con un pincel y un poco de pintura? ¿qué posibilidades tenía, para luchar con un hombre armado de cuchillo? y además ¿cómo podríamos él y yo llegar a tocarnos?
Rehuía estos pensamientos por considerarlos infantiles y fuera de toda lógica, y porque otras cosas en el sueño escapaban a mi atención, desviándola de lo que realmente importaba.
La casa que yo veía no era la misma de ahora, es decir, por dentro, estaba amueblada en el estilo que le correspondía, y las puertas sobre las que yo pintaba las cruces negras eran blancas.
Pensando que mi subconsciente solo buscaba refugio en los símbolos religiosos, me negaba una y otra vez a fijar mi atención en el mensaje, y repasaba las otras partes del sueño, comparando la antigua decoración con la de Héctor, que era moderna, aunque usara casi los mismos elementos.
Me di cuenta de que ya no podría dormir, y como había decidido ir más temprano a la quinta para decapar el resto del muro, me levanté y fui a la cocina sin hacer ruido y me preparé unos amargos. Luego busqué un diccionario inglés-español, que debía estar por alguna parte. Sobre la mesa de la cocina empecé a hojearlo, no soy tan ignorante y sé que en ese idioma las palabras se dicen de una manera y se escriben de otra, y eso, unido a mi conmoción y a lo confuso que había sido todo, dejaba las posibilidades de que encontrara aunque sea una palabra, reducida casi a cero.

sábado, 16 de julio de 2016

EL USURPADOR





   ¡Que alivio sintió después de archivar esa maldita máquina de escribir! Tanto como la había odiado y ahora, por fin, se la sacaba de encima. Para convencerse de que no la volvería a utilizar hasta vendió el escritorio, ese de caño y vidrio sin alma ni antepasado; lo cambió por uno de madera con cubierta de paño, especial para escribir a mano. Sus antiguos dueños lo habían usado para extender cheques voluminosos, escribir notas perentorias y redactar documentos importantes; sobre él descansaron manos enguantadas en cabritilla y tabletearon, impacientes, dedos perfectamente manicurados. Colocado frente a un gran ventanal y rodeado de muebles tan finos como él, su rojiza madera bien pulida, brillaba con orgullo en la vieja casona de Belgrano.
      Nacho estaba feliz de la historia de su adquisición, lo que le contara el anticuario le hizo pensar que el pequeño mueble lo había estado esperando en su largo descanso de vidriera, donde la pana verde se decoloraba más y más. Nacho lo miraba todos los días desde hacía cuatro meses, como aquel loco enamorado del maniquí; y cuando hubo juntado el dinero suficiente se fue derecho a buscarlo. El escritorito, obligado a acomodarse en un departamento miserable, que debía compartir con sillas indigentes y estantes forrados en hule, totalmente plebeyos, se sintió morir. A su izquierda un ventanuco al pulmón, y a su derecha, casi tocándolo, una horrible mesa de enormes patas enroscadas que le daban aspecto de bicho prehistórico.
      ¡Ah! ¡Cómo añoraba el chevalier negro tan discreto siempre; y la mesa de los licores con sus alegres tintineos! ¡Que humillación intolerable la de esos codos profanos, clavados irrespetuosamente en su aristocrática superficie! ¡Que insufrible suplicio el continuo choque de esa pierna atropellada, y que espantoso fue saber que era usado para cualquier cosa!! Le apoyaban de todo y sobre él escribieron, borrachos, hasta anónimos. 
      Nacho trataba de protegerlo pero no le hacían caso; lo quemaron con cigarrillos, le volcaron café y cerveza, lo agredieron con olores de vicios y tuvo que soportar un vocabulario horrendo. Nacho, impotente para evitar esas reuniones, se apareció un día con un plástico y lo tapó; el escritorito lo despreció profundamente por ésto, pero así al menos no vería lo que pasaba. Pero eso no fue todo, el plástico y él fueron obligados a la más vergonzosa proximidad: el botarate le incrustó a traición, a mansalva, cuatro chinches hasta el mango. El escritorito, traspasado de dolor, decidió en ese instante esperar la ocasión de su venganza.
      No fue sino varias semanas después cuando ésta se presentó: el botarate empezó una "novela"; el protagonista se llamaba Víctor Guancarreca y era un pirata literario, que asistía a cuanto taller había y se relacionaba con nóveles escritores para robarles sus ideas, ya que la suya fija era robar. Tan profusa era la colección de tretas y ardides que utilizaba este Gauncarreca para lograr sus propósitos, que hubiera podido construirse con ella un verdadero tratado de como desvalijar al prójimo de su capital interior; y el botarate ni siquiera se dio cuenta que tenía en sus manos un best-seller, realizando su obra con talento tan limitado que al escritorito le daba náuseas.
      Primero, Nacho hizo que Guancarreca se quedara con dos poemas que, aunque no le reportaron dinero alguno le abrieron algunas puertas y le permitieron robar con más facilidad: ahora que había editado se las daba de consejero. Pronto se convirtió en la persona que más ideas ajenas tenía, y su casa en un museo literario que hubiera sido la delicia de un investigador. Era incansable Guancarreca recopilando manuscritos, luego trabajaba toda la noche y se acostaba al alba. La psicología del prójimo no tenía secretos para él y una mirada le bastaba para descubrir al incauto, se documentaba un poco sobre lo que éste escribía y se presentaba ofreciéndole incluir el trabajo en su próximo libro, que supuéstamente elaboraba, así conseguía prosas y poemas "para que los fuera viendo".
      Lo del libro no era mentira, Guancarreca tenía ya, ocho cuentos listos para su publicación, y en cuanto llegara a la docena los haría editar. El trabajo era lento y engorroso, mucho le costaba a Guancarreca terminar y pulir la mayoría de las veces, pero su tesón lo sacaba adelante siempre. Su único talento era el timo y se perdonaba diciendo que los escritores estafados, con una verdadera capacidad para crear situaciones y personajes, terminarían por triunfar, mientras que él se veía cada vez más agobiado por los impuestos de esa enorme casona que heredara en Belgrano, totalmente desmantelada y vacía.
      Y por fin llegó el día en que, con los cuentos bajo el brazo, y merced a sus antiguas amistades, Guancarreca firmó el contrato con la editoria. Los cuentos eran buenos según la crítica, y la prosa modernista del autor acaparó mucho público jóven. en la conferencia de prensa en que el libro fue presentado, Guancarreca explicó que su talento literario antes dormido, se había despertado por el gran pesar que le produjo la bancarrota de su familia; que revisando papeles viejos dentro de no menos viejos baúles, encontró esos esbozos de su adolescencia, y en las largas noches de insomnio, para pasar el tiempo, se dedicó a terminarlos pudiendo dar forma al libro que ahora les ofrecía.
      Unos cuantos meses después, la quinta edición lujosamente encuadernada, descansaba como al descuido en una vieja casona de Belgrano, sobre el escritorito que Guancarreca no sabía por qué, había insistido tanto en comprar. 
      No servía para nada más el mueble, solo para mostrar el libro, eternamente iluminado. 
      La cubierta decía: "Cuentos Robados", de Victor Guancarreca.

                                                -FIN-

                                     Adriana Gutiérrez

                                      Otoño de 1988

"LAS SOMBRAS EN LA PARED" (7º parte) de Adriana Gutiérrez





"El estruendo de sonidos que soportó mi cabeza fue tremendo, parecía que tenía puesta una campana y que algún loco la tocaba; primero fue el empujón que me volteó y luego un tirón horrible en la nuca, pero yo no tenía conciencia de mi cuerpo y no me dolía nada, solo perduraba en mi memoria lo ocurrido en el último minuto.
Vi un hombre en el suelo frente a mí y quise ir hacia él, pero no podía avanzar ni retroceder; desconcertado miro a mi alrededor y solo veo una tenue claridad que flota igual que yo, de golpe comprendo donde estoy y que ese cuerpo que veo tirado en el piso es mío y que si no regreso pronto a él se convertirá en cadaver, entonces algo como una sorda y desesperada rebeldía me ganó y eso que yo era traspasó el maldito muro deshaciéndose en mil
ondas multicolores que vibraban y gemían, penetrando a esa forma inerte dentro del overol blanco.
El despertar fue lento y doloroso, tenía el cuerpo lleno de agujas
y en mi cabeza había un enjambre de abejas furiosas, las manos y las piernas me pesaban, todo lo veía distorcionado y la cosa empeoró cuando empecé a recordar.
Para no mirar hacia el muro me puse boca abajo, trabajosamente llegué hasta la luz, la apagué y salí.
No sé cómo explicaría esa capa de pintura sin quitar, y resolví hacerlo bien temprano, antes de que Héctor llegara.
Los 65 minutos de micro me parecieron 65 horas: Estaba en mi casa bajo la ducha y no lograba desentumecerme, mis músculos parecían de estopa; con lentos movimientos y tambaleando me paré frente al espejo, mi cara daba lástima, mis ojos abiertos no tenían expresión, solo desconcierto e incredulidad.
Torpemente alcanzo la cama y me acuesto, pero mi cuerpo anestesiado no siente el roce de las sábanas.
Recién ahí comencé a aflojarme, con mucho cuidado me acurruqué junto a mi mujer como un niño atemorizado,su tibieza, la placidez de su sueño y la tranquila paz de su rostro, me ayudaron a dormir.
Claro que soñé con la casa.
¿Con qué hubiera podido soñar después de lo que acababa de ocurrir? Y ese sueño, no lo supe entonces, era la respuesta a una sola pregunt, pero de todas las que yo me hacía, era la única que contaba.